noviembre 18, 2019

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Liz Cadima: “En las redes sociales nos tratan de lacras”

  • “Mi sueño es que nos radiquen donde estamos, porque me siento como en mi país, no extraño Bolivia”.

A los 14 años, Lizbeth Cadima dejó la zona agrícola de Cochabamba en Bolivia, porque su papá abandonó a la familia, por lo que tuvo que dejar el colegio para ayudar económicamente.

Llegó hasta Buenos Aires en Argentina, donde pasó 12 años de su vida hasta que decidió trasladarse hasta Antofagasta.

Relata que en su barrio de Cochabamba nadie tiene lavadora, y que para adquirir un televisor hay que tener mínimo 600 dólares.

Liz, ¿Qué te motivó a salir de Bolivia?

Lo más esencial fue el tema de la economía de nuestro país, nosotros somos muy ricos en el tema de la naturaleza, pero para sobrevivir con los sueldos que tenemos las mujeres allá, es muy poco, en dinero chileno equivale a 80 mil pesos.

¿Cómo fue buscar trabajo en Antofagasta?

Tramité el permiso de trabajo al día siguiente de llegada al país, eso duró 15 días. Creo que el tiempo que se demore depende de la suerte, porque conozco a otras personas que se han demorado más de un mes en obtener el permiso.

Tuve una mala experiencia con el tema de hacer mi carnet, aún no tengo la definitiva, yo trabajaba en la misma empresa, imponía también cuando hacía pololos, pero a pesar de eso me negaron la definitiva porque supuestamente yo no tenía imposiciones comprobables, pero sí las tenía.

¿En qué lugar vivías cuando llegaste?

Por la Feria Juan Pablo II, arrendaba una pieza. Pero cuando traje a mis hijas fue muy difícil, me dijeron que tenía que dejar la pieza porque no era para personas con hijos.

¿Era incómodo vivir ahí?

No teníamos privacidad, mis hijas no podían reírse o hablar fuerte, porque era motivo de pelea con el dueño de casa. Ahí vivíamos 15 personas en pequeñas piezas.

Me puse a buscar una alternativa, como un mini departamento, pero lo primero que te preguntan es si tienes hijos (se emociona). Con la desesperación, llegué a llorar cuando iba a alguna casa para buscar arriendo por la forma en que te preguntan, como si fuera algo malo tener hijos.

Además, no me alcanzaba la plata para arrendar una casa, mi sueldo en ese entonces era 260 mil pesos.

¿Eso te llevo a pensar en irte a un campamento?

La gente de mi trabajo me contaba que ellos vivían en campamento, que por qué mejor no buscaba ahí, pero no sabía como se hacía eso.

Yo no entendía lo que era una toma, lo primero que me contaron era que había que pagar 80 mil pesos para que unas máquinas aplanaran el terreno.

¿Fue duro tomar esa decisión?

Estuve indecisa, porque fui a ver el lugar y tenía miedo por hacer algo que iba en contra del gobierno. Pero no tuve otra opción, así que acepté irme al campamento.

Al final pagué 150 mil pesos para aplanar el terreno. Nuestro miedo era, vamos a invertir ahí y nos van a sacar.

¿Cómo lo hacen para tener servicios básicos como luz y agua?

Para la luz nos colgamos de la población, algunos tenemos generadores, pero lo que pasa es que por el ruido se enteran de que uno tiene y te lo roban.

El agua al comienzo la comprábamos, pero como el campamento fue creciendo, no nos abastecía, así que decidimos hacer lo mismo.

¿Qué piensas de la gente que ve mal que ustedes no paguen arriendo, luz y agua? ¿Cómo te tomas esa crítica?

Se entiende, nosotros en ese tema, cuando por ejemplo en La Chimba se pusieron los medidores, pedimos que también nos pusieran. Pero nos dijeron que no se podía por el tema de las torres de alta tensión.

¿Y cómo es vivir en un campamento?¿Es tranquilo vivir ahí?

Los viernes uno entra al campamento y uno siente el olor de la K’oa, yo por eso me siento cómoda viviendo ahí, sentimos que estamos en nuestro país.

Hacer la K’oa, ofrenda a la Pachamama, es un sahumerio que uno hace, que te enseñan desde niña, cuando uno va a vivir a un lugar que es nuevo para limpiar las malas vibras, uno ahuma y se va todo lo malo. La tradición es hacerlo el primer viernes de cada mes.

Conozco muy bien a mis vecinos, son peruanos, ecuatorianos y bolivianos. Y un poquito más alejados están los colombianos.

¿Y por qué un poco más alejados los colombianos?

Es que casi van por sector, depende del comité de vivienda.

¿Pero tienen mala fama los colombianos o es que se dio así?

Bueno, en mi caso del terreno a mi me avisó una persona peruana y así de boca a boca, se va pasando la información. No es que no me agraden los colombianos, si no es que se apegan entre ellos mismos.

¿Participaste de la protesta que pide la radicación de los campamentos?

Participé en la marcha, aunque estamos dispuestos a esperar en la fila, pero estamos bloqueados en el sistema, no podemos postular. Uno tiene hijos y no alcanza la plata para ir a arrendar.

¿Te has sentido discriminada?

A mi Chile me ha recibido muy bien, y los chilenos son muy buenas personas no son racistas, yo siento que no. Porque yo he estado en Argentina, ahí si se ve el racismo, a mis hijas en el colegio las trataban de “bolitas”.

Por vivir en un campamento sí, en la redes sociales nos tratan de lacras.

¿Vives tranquila ahora?

Vivo en la incertidumbre, hubo una época en que nos estaban desalojando.

En el gobierno anterior entraron militares y uno no dormía nada, pensando en que cualquier minuto nos iban a echar de ahí.

Mis hijas quedaron traumadas, veían a cualquier carabinero o militar cerca y pensaban que nos iban a desalojar.

Mi sueño es que nos radiquen donde estamos, porque me siento como en mi país, no extraño Bolivia.

Comunidad quechua

Liz es presidenta de la agrupación folclórica, “Salay Cochabamba Filial Antofagasta”, ritmo de zapateo que ha estado presente en el Carnaval de los Colores y en otras actividades a beneficencia en Antofagasta.  

Está orgullosa de su origen indígena y no le gustaría separarse de su comunidad, colectividad que nació en el Campamento Balmaceda, ubicado sobre la Feria Las Pulgas, sector norte de la comuna.

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